Parece un eterno vicio de la humanidad, esta no tan sana costumbre de juzgar y creer adivinar los sentimientos ajenos. Así vamos todos por la vida con medias verdades, que a veces son un cuarto.
Tendemos a quedarnos varados en nuestras propias ideas y a traducir las actitudes ajenas, según nos venga el humor, o el amor.
En este constante devenir de "certezas", actuamos en consecuencia de las mismas, sin dar tiempo, espacio, ni chance a explicaciones y cambios de opinión.
Así, cuando creemos adivinar el desamor en los ojos de nuestr@ amad@, preparamos las armas y nos prestamos a huir para salvar nuestra dignidad. Antes de partir, matamos todo rastro de dulzura y quemamos toda esperanza, dejando atrás humo y cenizas.
Es cierto que algunas personas tienen de verdad el don de conocer a los demás. Lo que no siempre es una ventaja. Generalmente ya saben que es lo que va a decir el otro, saben cuando está mal, cuando miente, cuando quiere decir algo y no puede. Saben tanto del otro, que se olvidan de saber de ellos mismos.
Así se lanzan sin mediar recaudos a cualquier tormenta amorosa que les depare el camino, sabiendo que verán un día, los ojos del desamor, pero se mienten y dicen estar preparados.
Entre lo que se dice, lo que se elige creer y la realidad, generalmente hay kilómetros.
A veces se aferra uno a la verdad que le conviene. A veces a la que necesita para seguir de pié, pero pocas se aferra a lo que realmente tiene o es.
Si te dicen que no te amo, no lo creas, preguntame que siento.
Tendemos a quedarnos varados en nuestras propias ideas y a traducir las actitudes ajenas, según nos venga el humor, o el amor.
En este constante devenir de "certezas", actuamos en consecuencia de las mismas, sin dar tiempo, espacio, ni chance a explicaciones y cambios de opinión.
Así, cuando creemos adivinar el desamor en los ojos de nuestr@ amad@, preparamos las armas y nos prestamos a huir para salvar nuestra dignidad. Antes de partir, matamos todo rastro de dulzura y quemamos toda esperanza, dejando atrás humo y cenizas.
Es cierto que algunas personas tienen de verdad el don de conocer a los demás. Lo que no siempre es una ventaja. Generalmente ya saben que es lo que va a decir el otro, saben cuando está mal, cuando miente, cuando quiere decir algo y no puede. Saben tanto del otro, que se olvidan de saber de ellos mismos.
Así se lanzan sin mediar recaudos a cualquier tormenta amorosa que les depare el camino, sabiendo que verán un día, los ojos del desamor, pero se mienten y dicen estar preparados.
Entre lo que se dice, lo que se elige creer y la realidad, generalmente hay kilómetros.
A veces se aferra uno a la verdad que le conviene. A veces a la que necesita para seguir de pié, pero pocas se aferra a lo que realmente tiene o es.
Si te dicen que no te amo, no lo creas, preguntame que siento.

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