viernes, 26 de febrero de 2010

27/02/2010

Un silencio que corta la piel como mil hojas afiladas, unas manos que se crispan en el intento de sujetar aunque sea un átomo de corazón.
Unos ojos que se inundan, la sangre que corre sin control.
Otro silencio. Frío. Oscuridad. Miedo.
¿En dónde estabas cuando me caía a pedazos? ¿Cómo es que no ves que no queda ni una flor en lo que fue mi más hermoso jardín? No ves mis ojos inyectados en sangre, y si los ves, no crees que sea porque he llorado hasta la última lágrima.
Aunque ya estaba anunciado, ha dolido. Aunque ya viera venir el filo de la espada, me ha herido.
Aquí, la última de mis esperanzas, agoniza conmigo.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Cambios...

Sincronizados los relojes, controlada la respiración, en el momento preciso disparé una certeza. La certeza mató a un miedo. El miedo se llevó toda la oscuridad.
Hubo corridas, gritos, estupefacción y luego de todo el humo, surgió la imagen erguida de un alter ego que creí sepultado en los escombros de otra explosión de consciencia.
Pero allí estaba, mirando a todos desafiante, con esa media sonrisa que en una época fue la firma de sus actos. Nos quedamos inmóviles, esperando la réplica de un temblor que nadie quiso mencionar. Se enfrentó a mi docilidad y le quitó las armas. Le quitó la placa y le dijo "Yo me encargo desde aquí". Se asomó a mis ojos, y le di la bienvenida.