Sincronizados los relojes, controlada la respiración, en el momento preciso disparé una certeza. La certeza mató a un miedo. El miedo se llevó toda la oscuridad.
Hubo corridas, gritos, estupefacción y luego de todo el humo, surgió la imagen erguida de un alter ego que creí sepultado en los escombros de otra explosión de consciencia.
Pero allí estaba, mirando a todos desafiante, con esa media sonrisa que en una época fue la firma de sus actos. Nos quedamos inmóviles, esperando la réplica de un temblor que nadie quiso mencionar. Se enfrentó a mi docilidad y le quitó las armas. Le quitó la placa y le dijo "Yo me encargo desde aquí". Se asomó a mis ojos, y le di la bienvenida.
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