viernes, 8 de febrero de 2008

09/02/08 2.36


Recuerdo que de vez en cuando sonreía, que me sentía dueña del mundo, o a menos dueña del mío. Me había acostumbrado a no llorar, a dejar que las cosas pasen y pensar que era en vano detenerse a lamentarse. Al menos antes lloraba por cosas con sentido. Al menos sabía el por qué de esa ola de tristeza que bañaba mi vida.
Sentía de otra manera o no se, tal vez me conocía más. Me fui alejando de mí porque me di cuenta que no era buena influencia para mi misma. Dejé de lado esa confianza ciega y comencé a poner todo bajo la lupa, cada palabra, cada silencio, todo lo tome con guantes de latex y pinzas esterilizadas para no contaminarlo de mi sombría existencia.
Preferí muchas veces callar a permitir que supieran que tan vulnerable me sentía en ese momento. Pensé que así la vida me sería más fácil. Que era como separar la ropa blanca de la de color, esto por aquí, aquello por allá...Que era como seleccionar verduras, esta me gusta, esta más o menos a esta la tiro. Pero no. Porque las personas se mueven y hablan, y lo que dicen o hacen influye en mi, como lo que yo digo y hago influye en ellas. Era fuerte, era decidida, era...una ilusa! Nunca fui ni fuerte ni decidida. Cualquiera es fuerte cuando no tiene pruebas que superar cualquiera es decidida cuando no tiene que elegir entre opuestos, es demasiado fácil creerse gigante cuando no se conoce a alguien más grande que uno.
Pensaba que no quería ser fría, que no quería ser ajena a los sentimientos de los demás. Ahí fue donde cometí mi primer gran error. Empecé a escuchar, a preocuparme, empecé incluso a volver sobre mis pasos y confiar en la gente. Hasta que comenzó a lastimar, hasta que viejas heridas y montones de "lo sabía" se empezaron a acumular sobre mis horas. Me escondí primero tras una pantalla, después tras de mis silencios. Hoy no soy capaz de pronunciar una palabra tras otra sin preguntarme si no hablé demasiado. No puedo tener una comunicación normal con nadie. No puedo expresar lo que siento si no lo escribo. No puedo simplemente tomar un colectivo e ir a sentarme en un bar con amigos. Aunque los conozca de toda la vida, siento un abismo interminable entre ellos y yo. Siento en cualquier lugar que esté, que ese no es mi lugar.
A veces pienso que debería hacer un viaje interminable, no detenerme en ninguna parte, no echar raíces, no saber el nombre de nadie, y definitivamente, que debería perder la memoria.

domingo, 3 de febrero de 2008

03/02/2008 2:35 a.m

Otra vez me encuentro teniendo esta "charla" conmigo misma. La calesita disminuyó la velocidad y se está viendo más claro el paisaje alrededor.Me resulta difícil distinguir mis manos entre tantas luces, es probable que este par de manos que estoy mirando ni siquiera sea el mío.Voy poblada de silencios que nadie quiere adoptar y que van formando conventillos de indiferencia en los barrios de mi tiempo. La música viene desde lejos e inunda esta fétida incertidumbre que no hace más que contaminar los días.En los ojos se ve el corazón, con su color sangre y todo, brotando con furia y arrasando todo signo de lucidez. Nací para caminar estas calles y sin embargo siempre estuvieron ajenas a mis pasos. El mapa que me llevaría al otro mundo se fue esfumando, perdí la guía y ya no hay retorno. Estoy sola tras estos muros tan grises y sin portales. Por momentos vuelvo en mis recuerdos excavando en la tierra por si aún conserva los fósiles de mi infancia, los tesoros de mi adolescencia, lo que creo que fue mi juventud. Pero estoy sólo yo. Esta lava incesante de bronca fundida que socava mis alegrías. Un cuento indecente, y una flor de plástico.Solamente está mi cuerpo, hecho de sangre, lágrimas y hojas secas. Rodeado de otoños eternos, de nevadas añejas y tormentas imaginarias. Del otro lado, sobre una nube ella, toda cubierta de escarcha, tan lejos de mis manos, tan presente en mi sangre, tan dueña de mis lágrimas.